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jueves, 17 de abril de 2014

Los santos juegan al ajedrez



(Diario Avvwnire, 28 febrero 2010, p.7)

Por Adotivio Capece, director de “La Italia ajedrecista”

Uno de los primeros testimonios relativos al ajedrez en Italia nos lo ofrece una carta de San Pedro Damiani (1007-1072), el anacorteta que Dante encontró en el Paraíso, entonces cardenal titular de la diócesis de Ostia. Escribiendo al papa Alejandro II, arremete violentamente contra el juego, del cual obtuvo que fuera prohibido. Pedro Damiani comunicaba al Papa que había castigado a un obispo florentino, el cual, por dedicarse al ajedrez, descuidaba sus deberes religiosos. En aquella época el ajedrez estaba muy extendido entre el clero (y los nobles). Testimonios seguros garantizan que Gregorio VI (Papa de 1045 a 1047) era un gran entusiasta. En 1128 San Bernardo de Claraval, al dar reglas a los caballeros templarios, prohibía el ajedrez. En 1218 la Iglesia confirmó la prohibición en el concilio plenario de París. En 1254 San Luis IX, rey de Francia, prohibió el ajedrez en una disposición dictada a la vuelta de la VI Cruzada, después de la cual permaneció cuatro años en prisión en Egipto; pudo tratarse de un arrebato de venganza, por la gran difusión que el ajedrez gozaba entre los árabes; pero la Iglesia lo asumió y condenó oficialmente este juego durante el concilio Biterrense en 1255. Por fortuna no sucedió lo mismo con los libros, preciosos códices manuscritos, a veces “piezas únicas”, que se servían del ajedrez para transmitir enseñanzas moralizantes. Un ejemplo típico es la obra “Quaedam Moralitas Scaccario” (Cierta moralidad ajedrecista), que muchos atribuyen a Inocencio III (Papa de 1198 a 1216), aunque probablemente sólo le fue dedicada, sin que él fuera el autor. De todos los modos, Inocencio III encabeza la serie de Papas ajedrecistas; en su escudo aparece un tablero de ajedrez sobre el que se ha posado un áquila. Muchos documentos burocráticos confirman lo extendido que se hallaba este juego.

Limitándonos sólo al campo o círculo eclesiástico, un inventario del año 1236 señala que en el obispado de Lucca hay dos series completas de piezas del juego. Piezas y tableros aparecen en los inventarios de Inocencio IV, redactados en 1353. El ajedrez se conservaba entre los tesoros papales que acompañaon a los pontífices incluso al destierro de Aviñón. También el pueblo jugaba al ajedrez. Una obra que contribuyó a su difusión fue el tratado escrito por el dominico Jacobo de Cessole, pequeño pueblecido próximo a Asti. El tal Fray Jacobo vivió de 1250 a 1325 y su opúsculo es conocido con el título De ludo scacchorum (Del juego del ajedrez). En él se mencionan las reglas del juego que se usaban en Lombardía, entonces región campeona del ajedrez; no son exactamente las actuales, pero se le parecen no poco. El libro comienza con la narración del invento dal ajedrez, que, según Fray Jacobo, fue creado por el rey caldeo Evilmerodch, identificado con Merodach-Basladan que reinó del 722 al 710 a. C. El ideador del juego sería un filósofo de la corte, cuyo nombre en lengua caldea sería Xerxes y en griego Filométer: éste tal habría descubierto el juego de los ataques o asaltos del ajedrez para que el rey no cayera en el ocio. En la realidad Fray Jacobo refunde las diversas teorías o leyendas relativas al origen del juego y combate la teoría según la cual habría sido inventado en Troya durante la famosa guerra. El fraile describe las piezas del ajedrez como si se tratase de personas reales y concreta las tareas o servicios que cada uno ha de cumplir en la sociedad: el REY ha de ser justo, la REINA, casta, los ALFILES, sabios consejeros, los CABALLEROS, fieles, los vicarios o sustitutos del rey habrían de ser resistentes como rocas, o sea, TORRES. Cada PEON representa una categoría de trabajadores: CAMPESINO, ARTESANO, NOTARIO, MERCADER, MÉDICO, MESONERO…

Al principio del cuatrocientos (siglo XV) el ajedrez aparece envuelto en manifestaciones públicas contra la VANIDAD. El domingo 23 de septiembre de 1425, por ejemplo, san Bernardino (de Siena) predicó en Perugia con palabra tan ardiente, que “los hombres llevaron a la plaza dados, tableros, cartas, ajedrez y cosas similares para que fueran arrojados a la hoguera”.

En Siena en 1426, el mismo San Bernardino afirmó en un sermón que uno de sus hermanos (religiosos franciscanos), Fray Mateo de Sicilia, había conseguido destruir en el fuego “en Barcelona, en un solo día, dos mil setecientos tableros, muchos de los cuales eran de marfil, y muchos juegos de ajedrez, y convirtió a muchas almas”.

En 1496 y en 1497 Jerónimo Savonarola consiguió, en Florencia, mandar al fuego los ajedreces en dos famosas “hogueras de la vanidad”. Que Savonarola sabía jugar al ajedrez lo confirman algunos biógrafos, que citan el contenido de un sermón del 9 de mayo de 1496. No obstante, la rehabilitación del juego parecía inminente. La primera chispa brotó en Florencia, gracias a la dinastía de los Médici: Juan, hijo de Lorenzo el Magnífico, abrió el camino para que se anulase la condena eclesiástica; gran apasionado del ajedrez desde la juventud, prosiguió siendo un destacado mecenas o protector de los jugadores de su época, cuando en 1513 fue elegido Papa León X. En un volumen de finales de 1500 se lee esta cita: “ El Papa León solía abandonar la partida cuando se sentía en inferioridad de condiciones; lo cual demuestra su habilidad, pues veía mucho antes lo que iba a ocurrir”.

Gracias al influjo de León X, Santa Teresa de Jesús habló positivamente del ajedrez en su obra CAMINO DE PERFECCIÓN, escrita entre 1564 y 1566:

“Creedme: quien juega al ajedrez y no sabe colocar bien las piezas no llegará a dar jaque mate… Imagino que os maravillaréis de oírme hablar de juegos… Dicen que alguna vez el ajedrez está permitido; con mayor razón estará permitido servirse de sus tácticas. Más aún, si no usásemos estas técnicas a menudo, no lograremos dar jaque mate al rey divino… En el ajedrez la lucha más fiera contra el rey debe darla la reina, aunque concurran a ello otras piezas. Pues bien, no hay reina como la humildad para obligar al Rey del cielo a entregarse”.

A principios del seiscientos (siglo XVII) el juego del ajedrez fue considerado bueno nada menos que por San Francisco de Sales, obispo de Ginebra, que en su introducción a la vida devota, escrita en Annecy en 1608, combate el edicto del rey Luis (IX) y la condena del concilio. En el capítulo XXXI “Pasatiempos y diversiones, sobre todo los lícitos y laudables”, el santo advierte:

"Hay que guardarse de caer en excesos, tanto en lo concerniente al tiempo como en lo relativo al dinero que se juega, pues si se dedica a ello demasiado tiempo no se descansa; ni se alivia el cuerpo ni el espíritu; al contrario se relajan y debilitan los dos”.

Amante del ajedrez fue asimismo san Carlos Borromeo, del que se cuenta que una vez ganó 10 ducados de oro a un primo suyo y los invirtió en pagar la ceremonia de toma de hábito de una religiosa. También Mons. Alfonso Litta, arzobispo de Milán desde noviembre de 1652, sentía pasión por el ajedrez; era tan conocida su aficción, que cuando llegó a la ciudad para tomar posesión le colocaron en una columna un enorme tablero de ajedrez con esta leyenda: “Ingenio, no suerte” (ingegno, non sorte); para decir que mons. Litta había llegado a aquel puesto no por fortuna, sino por su virtud. Ninguno de los sumos pontífices que siguieron a León X fue notable por su amor al ajedrez hasta llegar a San Pío V (1566-1572), que ofreció un importante beneficio eclesiástico a Pablo Boi, famoso ajedrecista siciliano llamado “el siracusano”, para que vistiera el hábito talar (a lo que Boi se negó). En aquel momento Boi era tenido por el mejor jugador del mundo conocido.

También el español Ruy López de Segura era eclesiástico, y durante su apogeo ajedrecístico le cayó en gracia a Felipe II, que le asignó un beneficio “vitalicio” como “mejor jugador de ajedrez del siglo XVI (cincuecento). En 1560 llegó a Roma acompañando a su obispo al cónclave para la elección de Pío IV; durante el tiempo libre ganó a todos los mejores jugadores italianos. Después ideó una de las aperturas más usadas todavía en la actualidad, que en el mundo lleva su nombre y en Italia se llama “la española”.

También fue buen ajedrecista León XIII, Papa de 1878 a 1903: ya jugaba cuando era cardenal en Perugia. Más tarde Juan Pablo I había jugado por los años sesenta en su tierra de Vittorio Véneto. Finalmente Juan Pablo II fue probablemente jugador en sus años mozos en la universidad de Cracovia y después en el seminario.

Fuente: Pasionistas
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